Degradación urbana: realidad y estrategia

Tanto el centro y zonas aledañas de Madrid, Barcelona, así como, en menor medida, las principales ciudades españolas, están viviendo un proceso similar al sufrido por los espacios urbanos del viejo continente y, con anterioridad, las ciudades de Estados Unidos. Se trata de la denominada Gentrificación. Término acuñado por la sociólga británica nacida en Alemania, Ruth Glass (The social background of a plan, 1948) describe un tipo de “reestructuración urbana” consistente en la vuelta al centro de las clases acomodadas que, en su momento, lo abandonaron con destino a una periferia de menor densidad demográfica. En la actualidad, no son tanto las clases acomodadas -en ingles gentry– si no la uilización turística de estos espacios y, en todo caso, el desplazamiento de la población más modesta, así como desaparición de comercios y usos tradicionales del espacio, lo que identifica este fenómeno.

Su desarrollo, con ligeras variantes locales, ya lo conocemos. Primero: depauperización de los barrios céntricos y aledaños a los mismos, comunicados con dicha almendra central por la red de transporte urbano. Segundo: abandono de los grupos sociales que poblaban dichos lugares como respuesta a tal degradación. Tercero: rehabilitación de dichos espacios y transformación de los mismos es zonas residenciales para grupos de alto poder adquisitivo y sobre todo utilización terciaria de los mismos: alojamientos turísticos, restarurantes, tiendas de marcas internacionales, o similar.

La influencia de la economía global está produciendo cambios simbólicos y reales en la concepción del espacio urbano y su paisaje, el cual pasa a convertirse en paradigma del neoliberalismo al hacerse evidentes los rasgos que le caracterizan: exclusión, segregación, escenificación del consumo, violencia social…

Las maniobras para lograr esta degradación -este transformar dichos espacios en zonas inhabitables- pueden ser variadas, pero todas responden a un mismo objetivo: vaciarlos de sus pobladores tradicionales. La prostitución; el mercado de drogas y los narcopisos; el ruido; en Madrid la proliferación de las casas de juego, que crecen como setas en cada manzana, entre otros, fuerzan la marcha de una parte importante de los vecinos. Una vez comenzada esta operación: corporaciones de diversa índole – constructoras, inmobiliarias, fondos de inversión, etc.- compran edificios con inquilinos de baja renta, presionándolos con subidas de alquileres, nulo mantenimiento del inmueble, desconexión de los servicios básicos o similar, que terminan convertidos en una infravivienda- Es el llamado bullying inmobiliario, realizado para lograr se vacíen esos espacios e irlos sustituyendo por otros, concebidos para personas de mayor poder adquisitivo o, como señalábamos, para usos turísticos. Todo ello cambia notablemente el paisaje y los usos de tales centros urbanos -que, de espacios vivos, pasan a convertirse en espacios de escenificación de la estructura social, así como del consumo: hosteleria, pero también consumo cultural- influyendo notablemente en el resto de la ciudad: subidas de alquileres y del precio del suelo, especulación inmobiliaria, desplazamiento de servicios públicos, como limpieza o seguridad hacia esta zona, dejando en creciente estado de abandono al resto, entre otros aspectos.

Ya sea de una forma extrema, como en las ciudades de los paises menos desarrollados, o más suave, como en las ciudades españolas, europeas o estadounidenses, la influencia de la economía global está produciendo cambios simbólicos y reales en la concepción del espacio urbano y su paisaje, el cual pasa a convertirse en paradigma del neoliberalismo al hacerse evidentes los rasgos que le caracterizan: exclusión, segregación, escenificación del consumo, violencia social y un largo etcétera.

La ciudad, con anterioridad lugar de encuentro e intercambio cultural y social, pasa a convertirse en un espacio de desencuentro reflejo de la brecha social y economica que caracteriza el periodo neoliberal, global y posglobal, en el que nos encontramos, donde solo unos pocos son protagonistas del desarrollo y la calidad de vida, a costa, en el caso de nuestras ciudades, de la población tradicional de las las mismas, que se van avocados marcharse a zonas más alejadas y deprimidas.

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