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Con la mochila preparada, estoy a punto de partir a la Cabrera leonesa, escenario del entrañable libro de Ramón Carnicer, a pasar dos o tres días durmiendo en el monte, para aprovechar la berrea en el término que cazamos este año. Se trata de una zona de montaña en la que los pueblos más bajos se encuentran a menos de 400 metros sobre el nivel del mar y las cumbres superan los 2.000, por lo que el tipo de monte varía en altura desde las densas carrasqueras y jarales de tipo mediterráneo de los profundos valles del río Cabrera, hasta los robledales y los ralos brezales de la alta montaña, un escenario exigente, quizás demasiado ya para un cazador de mi edad.

Un entorno agreste como este para alguien que aprecia la caza natural es tanto o más importante que las especies que lo habitan. Cazar en estos montes cumple con las expectativas de cualquier cazador naturalista. Sus ásperas y empinadas laderas, el calor y la sequía del verano y los temporales de viento y nieve invernales ponen continuamente a prueba al cazador, pero también le dan la oportunidad de disfrutar de la auténtica esencia de la caza.

Fueron las truchas y luego los corzos los que nos atrajeron hace más de treinta años a la zona. Hoy, unas y otros apenas se ven, las pintonas, por el estado del río y los corzos, por culpa de la mosca Cephenemyia stimulator o, mejor dicho, de sus larvas, conocidas como «el gusano de las narices» por ser ahí donde las aloja. Según la época y la zona, dependiendo de sus respectivos alimentos, también hay jabalíes y lobos.

Hace unos 20 años llegaron también los ciervos, que hoy es seguramente la especie de caza mayor mejor adaptada y más atractiva cinegéticamente. Cazar el ciervo a rececho en montaña es enfrentarse a «otra especie» distinta a los venados que conocemos de otras zonas, seguramente la que más dificultades ofrece. Además, me atrevo a afirmar, ahora que empieza a valorarse la carne de caza, que la de estas rollizas reses es de una delicadeza sin parangón.

Pero si tuviera que elegir un tipo de caza en este entorno, creo que me decantaría por la perdiz al salto con perro y un par de amigos. Algunos bandos de perdices, tanto rojas como pardillas, se resisten a desaparecer y crían todos los años, a pesar de que la espesura en aumento por el abandono de los montes se lo pone cada vez más difícil.

Al abrirse la temporada, acudimos a la cita con los pocos bandos localizados en la berrea. La escasez de aves, antes que un problema, ayuda a valorar cada perdiz como un pequeño tesoro, a apreciar cada una individualmente y a disfrutar más intensamente de cada lance porque, en los espacios remotos y salvajes de este tipo, las perdices tienen características físicas propias; y el comportamiento de las pequeñas, rojizas y «peludas» del monte de Velilla no es el mismo que el de las de oscuro plumaje del alto de la Utre. Ni qué decir tiene que nadie que coma pollo podrá sentir nunca lo que es cocinar y comerse alguna de estas aves.

Aquí, la labor del perro es decisiva para localizar a las patirrojas y su trabajo no se limita a cobrar alguna perdiz de ala. Su colaboración es indispensable para mover el terreno, localizar los bandos y levantar las perdices. Sin ellos, la caza se convierte en un insulso paseo.

La última vez que fui el año pasado cobré una perdiz. Tras una intensa jornada, un bando de seis nos dio la oportunidad de seguirlas y, tras un par de vuelos, pude tirar a una medio tapada —al tercero—. Algunas plumas al pie de un espino y la inequívoca actitud del perro me indican que ahí está. No puedo negar que la emoción y la satisfacción es inmensa, pero reconozco que tampoco me habría importado haberla visto perderse con el resto del bando al fondo del valle de Morteira.Original Article


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admin

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