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No quiero ser apocalíptico, pero he titulado este artículo con una frase sobre el fin de la humanidad que algunos atribuyen al físico alemán Albert Einstein: «Si las abejas desaparecieran de la faz de la Tierra, a los humanos sólo les quedarían cuatro años de vida».

Muchos estudiosos de Einstein niegan esta atribución al mayor científico de nuestra era contemporánea, pero aun siendo así, me parece de suma importancia reflexionar sobre esta cita.

Para poder entender esta suposición, lógicamente tendremos que apoyarnos en el actual descenso de las poblaciones de abejas en todo el mundo, principales polinizadoras de las plantas y, por consiguiente, de suma importancia para la naturaleza y su biodiversidad.

La polinización es un proceso fundamental en la reproducción de las plantas y, aunque las abejas no son las únicas polinizadoras que existen –murciélagos, pájaros, mariposas y otros insectos también pueden hacerlo–, el 85 por ciento de las plantas del continente europeo dependen de ellas, estimando que tres cuartes partes de los alimentos en Europa se producen por su polinización. Aunque no podemos olvidar al mayor polinizador en masa, el viento, este lo hace solamente de forma indiscriminada, apto para monocultivos como el trigo y el maíz. Por el contrario, alimentos como las almendras, las ciruelas, las manzanas o las cerezas por ejemplo, dependen estrictamente de la polinización selectiva asistida por abejas, hasta un total de 91 cultivos consumidos por el hombre. Hay un ejemplo reciente en una parte de China, concretamente en el área de Hanyuan, en donde la total desaparición de las abejas ha obligado a los campesinos a polinizar a mano los frutales; un simple algodón atado al extremo de una larguísima vara es capaz de hacer la función polinizadora mezclando el polen de flor macho a flor hembra, pero esto, lógicamente, solo puede ser un trabajo de chinos.

Si las abejas dejaran de existir, no solamente desaparecerían las plantas, también algunas aves, y de manera inmediata las depredadoras de abejas. Los abejarucos, los alcaudones o los papamoscas, necesitan de las abejas como sustento alimenticio; otras de mayor tamaño como el halcón abejero, migrante estival, atacan las colmenas para atiborrarse de sus larvas. La extinción de estas aves solo sería el comienzo de un declive imparable; a partir de aquí, nuestra imaginación podría imaginar las consecuencias de esta hipótesis catastrófica para la naturaleza.

Pero ante esta preocupante situación en la ya mermada población de abejas y otros insectos beneficiosos, no todo son malas noticias. Recientemente, la UE ha prohibido el uso de insecticidas que provocan la muerte de muchos polinizadores. Estos insecticidas, derivados de la nicotina, resultan perjudiciales para las abejas por afectar directamente su sistema nervioso. Las consecuencias de la ingestión de estos neonicotinoides no solo les provoca la muerte, sino también la pérdida inmediata de memoria, impidiéndoles volver a las colmenas para producir su rica miel. Además, la prohibición de estos letales insecticidas, será beneficiosa en un futuro próximo para la recuperación de la capa vegetal y, por consecuencia, del agua.

Pero una vez que hemos subsanado nuestros errores, nos encontramos con un nuevo problema: la aparición de avispas chinas en toda Europa, probablemente las culpables de la desaparición de las abejas en su país de origen. Estas avispas, llamadas véspidos, vespa velutina, tripulantes de un carguero proveniente de Asia que arribó en Galicia en el año 2010, comenzaron rápidamente su proliferación en la cornisa cantábrica. Se reproducen como chinches en los climas subtropicales y zonas húmedas, encontrando su sitio ideal en el norte de España y sur de Francia. Avanzan a un ritmo de 50 kilómetros al año, llegando ya en 2015 a zonas de Baleares y Barcelona; la invasión es imparable. Cada avispa china se come entre 25 y 50 abejas europeas al día, su dieta predilecta. Las abejas obreras, los zánganos y la reina de cada colmena son comidas por las avispas chinas de manera alarmante y, aunque el mayor estrago es para los apicultores, el resto de la naturaleza también lo padecerá.

Los nidos de esta invasora china, con más de 1.500 avispas por nido, tienen más de un metro de alto y se asientan en las zonas más inaccesibles para su erradicación; pero el ingenio humano ha conseguido vencerlas. Parece ser que la solución son los drones, capaces de disparar un dardo venenoso a los inalcanzables nidos en las copas de los árboles o las cornisas de edificios. Creo que las abejas, las anthophilas –en griego «que aman las flores»– están ya a salvo.Original Article


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