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No es lo mismo. No se parece en nada tener una finca agrícola, ya sea secano o regadío, a tener una explotación forestal. En el primer caso, el propietario toma una decisión y, al cabo de un año, como mucho, ya sabe si la cosa funciona o no. En una temporada o menos, recoge los frutos de la decisión. Eso no pasa cuando se trata de árboles.

¡Ay, los árboles! ¿Quién podría pensar que una actividad de ciclos que pueden durar generaciones llegara a ser emocionante? Dicen que las emociones básicas son la ira, la alegría, la tristeza, el asco, el miedo y la sorpresa. Pues en un mundo donde las decisiones políticas tienen ciclos legislativos de cuatro años, y el de un pino es de cuarenta, las probabilidades de estar emocionalmente afectado son muy elevadas.

La sorpresa. En la actividad forestal, no hay sorpresa feliz. Todas son desagradables. Cada vez que recibes una noticia que no esperas es una mala noticia. Que se ha detectado una plaga nueva o que el nuevo consejero autonómico ha tenido la idea genial de sacarse un nuevo impedimento a la explotación. Ya no puedes talar esos árboles porque son «roble del país» ¿Cómo que «del país»? ¡Ese roble es «de mi familia»! Sesenta años de cuidados para nada.

La ira. Después de la sorpresa. Ahora es el ayuntamiento de turno el que pone otra serie de trabas. Llamas al señor alcalde y le preguntas: «¿Por qué han puesto estas limitaciones a la entresaca y a limpiar la finca? Ah, que no sabe, que habrá alguna razón. Oiga, que es que no sólo es necesario para el propietario, es que es bueno para la salud de los montes de todo el término, por higiene fitosanitaria, por riesgo de incendios… ¡Ah! ¿Que el concejal de montes es ecologista y dice que se daña el hábitat? ¿A qué se dedica el concejal de montes? Es albañil. Ya…».

El miedo. Es una emoción permanente, pero en verano es un sinvivir. Cada vez que el telediario habla de algún incendio, es decir, todos los días, el estómago te recuerda su existencia.

La tristeza. La que produce ir por la carretera y observar terrenos forestales quemados es directamente proporcional a la superficie arrasada. Lo cual nos lleva al asco.

Repugnancia. Es la sensación que produce ver lo laxos que somos en España con los pirómanos. Salvo honradísimas excepciones, no hay pirómanos en las cárceles. No porque no se atrapen –la Guardia Civil realiza un excelente trabajo en ese sentido–, sino porque los jueces los liberan. ¿Culpa de los jueces? No, del legislador. «Es que no se puede legislar en caliente», dicen. Pues legislen ustedes en invierno, con las brasas ya frías.

Lo irónico del asunto es que la única alegría que se lleva el propietario forestal se produce cuando consigue talar los árboles supervivientes. La vida de un árbol es una aventura en sí misma. Ha sobrevivido a diez consejeros y quince concejales. Al verano ardiente y al invierno helado. A una legión de ecologistas y a miles de cicloturistas. Al fusarium, al avispón chino y al dominguero cochino. Al cochino jabalí, al corzo ungulado y a la cabra loca del vecino de al lado. Y, cuando está en su esplendor, vas y lo cortas. Es entonces cuando te llevas el alegrón.

¡Ay, los árboles! Árboles que pusieron tus padres o incluso tus abuelos, con quienes muchas veces ya no puedes compartir esa emoción por aquello de los ciclos vitales. No es de extrañar que haya gente que se rinda.

—Tengo un bosque, me dice un amigo.

—¡Ah! ¿tienes una explotación forestal?

—No, tengo un bosque.Original Article


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admin

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