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Nuestra pequeña gran fiera ibérica es un referente faunístico mundial, como el águila imperial o el toro de lidia, insignias únicas de España. La situación de esta maravillosa especie, con elasticidad para volar ocho o diez metros, trepar hasta los árboles más altos, vadear pantanos y ríos o cruzar vías de AVE y autovías, surge como desesperada a fines de siglo pasado, mereciendo una financiación de la UE (LIFE Nat.) con un presupuesto de 70 millones de euros, en colaboración con las administraciones medioambientales de España antes de su desaparición definitiva, que hubiera sido la primera de un felino conocida desde la edad de los glaciares.

Resultado en 15 años: pasar de «peligro crítico de desaparición» a «especie en peligro». Los medios propuestos han funcionado porque la propiedad privada del 90 por ciento de los territorios del lince que quedaban en 2002 decidió colaborar con el llamamiento del CSIC, asistiendo a una reunión celebrada en la Estación Biológica de Doñana. A ella acudimos unos treinta propietarios, que alumbramos un Club de Amigos del Águila Imperial, más tarde Fundación, con incorporación nominal del Lince Ibérico, verdadero protagonista de los fondos LIFE citados. Mi elección para presidir la tarea fue orgullosamente aceptada e ilusionadamente llevada a cabo con todo mi esfuerzo.

La mano tendida de las administraciones facilitó el proceso y materializó firmas de convenios de colaboración que nos hacían beneficiarios secundarios del LIFE y, en consecuencia, de toda una extensa y beneficiosa cadena de mejoras de hábitat plasmada básicamente en desbroces, abonados o alumbramientos de necesarias aguas no contaminadas, conocido gran problema de las tradicionales charcas en el campo.

Fueron medidas beneficiosas para la gestión privada y fundamentales para estas especies amenazadas y el resto de la fauna que puebla nuestros montes. Se trata de un testimonio vivo, como recomendaba la concesión LIFE en su exposición de motivos, de un éxito o fracaso colgado de la gestión positiva de los terrenos privados en prístino estado, como describió el periodista Richard Grant en un magnífico artículo en el semanal del Telegraph, tras una visita girada por las riberas del Jándula en agosto de 2007 en la que actué de guía y de la que salió encantado.

Al tiempo se ponen en marcha, con éxito, los centros de cría en cautividad por parte del Ministerio y las comunidades en Doñana de El Acebuche (2003), Zoo Botánico de Jerez (2005), La Olivilla en Santa Elena (2007), Silves en Portugal (2009) y Granadilla de Cáceres, todos ellos dentro del Convenio Iberlince.

Sueltas del orden de 50.000 conejos en estos 15 años cierran un proceso al que se suman otras CC.AA., más una creciente aceptación final de propietarios privados, poco convencidos con la idea Lince, que actualmente piden con interés incorporarse a los convenios de colaboración con los beneficiarios de los LIFE.

La especie es un activo en la gestión natural privada y demuestra una continua regulación sobre otros predadores, en favor de toda la fauna cinegética menor. La imparable corriente de turismo de naturaleza busca afanosamente a la especie, pues aporta un valor estético y un testimonio vivo de calidad ambiental. Se convierte en envidiable desde el siglo XVI, cuando el rey Felipe II, en sus cartas a la Duquesa de Aosta, lamentaba la escasez y nula presencia del «gato cerval» en sus montes de El Pardo. Su dieta, muy basada en el conejo, sin desdeñar ungulados medianos, también equilibra esta especie, plaga conocida aunque desgraciadamente mal emplazada para cultivos de cereales, olivares, viñedos u obras públicas como vías de alta velocidad o taludes de grandes carreteras, mientras escasea en los montes. El lince tiene como gran enemigo los atropellos en sus correrías por la campiña, que afortunadamente no consiguen vencer las estadísticas de su crecimiento poblacional: desde unos 90 ejemplares, con solo dos núcleos de población y no conectados (70 por ciento en Andújar y 30 por ciento en Doñana), a los 600 actuales distribuidos por toda la Península, insólitos viajeros por los sitios más remotos, quizás contagiados por la fiebre del turismo.

Pero, a pesar de haber pasado de especie cazable e incluso comestible a ser socialmente muy respetado, o del éxito de su cría en cautividad, el lince nunca ha sido ni será una especie numerosa, porque así parece llevarlo escrito en su genética.Original Article


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admin

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