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[Atención. Este texto contiene spoilers sobre los últimos capítulos de «Juego de Tronos»]

Sabíamos desde el primer episodio de «Juego de Tronos» que Arya Stark tendría mucho que contar en la historia escrita por George R.R.Martin. El espectador ha visto crecer a la indomable de Invernalia y ha vivido no solo su paso de niña a mujer sino también un proceso madurativo que, a base de golpes y ansias de venganza, la ha convertido en la verdadera heroína de la serie de HBO.

En el último capítulo emitido de «Juego de Tronos», el 8×05, comenzamos viendo a una Arya Stark decidida a finiquitar uno de sus grandes objetivos en esta historia matando a Cersei Lannister en Desembarco del Rey. Sin embargo al final del metraje, con una ciudad devastada y ahogada en las llamas de Drogon, el Perro convence a la joven de que sus destino no es culminar su venganza: «¿Quieres acabar como yo?», le dice antes de marchar en busca de la Montaña. En la relación de amor-odio que Arya y el Perro han mantenido desde la primera temporada de «Juego de Tronos», asistimos al final de este capítulo a uno de los grandes puntos de encuentro entre ambos protagonista y, quizá, al momento en el que Arya comprende el verdadero sentido de su trayectoria vital tras la muerte de Ned Stark.

En este camino, puede que matar al Rey de la Noche haya sido solo el principio. Desembarco del Rey ha caído en manos de una Daenerys presa de la sed de venganza y el rencor, sentimientos que en algún momento compartió con la pequeña heroína del Norte pero que ha dado lugar a dos seres antagónicos: el bien y el mal; la paz y la guerra. Tras el desastre, Arya emerge entre rocas y cenizas pero ella, al contrario de la «Khaleesi» en aquella pira de la primera temporada, no tiene dragones sobre sus hombres sino un caballo blanco esperando ser cabalgado.

En la mitología, la aparición del caballo blanco se asocia a menudo con el final de los tiempos y la llegada de un salvador que pondrá fin al caos y la guerra. Y Arya, ya lo sabemos, es la verdadera salvadora en esta historia. Acabó con la gran amenaza de los caminantes blancos y, ahora, planea terminar con el mayor peligro de los Siete Reinos: Daenerys. Hay quien, en su claro afán de ligar «Juego de Tronos» con «El Señor de los Anillos» ha querido asociar el caballo de Desembarco del Rey a Sombra Gris, el compañero de Gandalf el blanco en los libros de J.R.R. Tolkien. La idea no es descabellada. Aunque ambos personajes guardan notables diferencias, los dos son decisivos en momentos críticos de sus respectivas historias. Recordemos, por ejemplo, la aparición de Gandalf a lomos del equino durante la batalla de El abismo de Helm:

La figura del caballo blanco, que a menudo ha simbolizado la pureza y la salvación en el arte y la literatura, tiene claramente un significado trascendental en el último capítulo de «Juego de Tronos». Si en el episodio 8×03 Arya se erigió como la gran heroína ahora, a tenor del cierre del 8×05, se perfila como la gran salvadora y, según no pocas teorías, la reencanranción de Azor Ahai. Leamos este texto de «Choque de Reyes», de George R.R. Martin:

«Llegará un día, tras un largo verano, un día en que las estrellas sangrarán y el aliento gélido de la oscuridad descenderá sobre el mundo. En esa hora espantosa, un guerrero sacará del fuego una espada llameante. Y esa espada será Portadora de Luz, la Espada Roja de los Héroes, y el que la esgrima será Azor Ahai renacido, y la oscuridad huirá a su paso».

Son muchas las teorías y las dudas sobre el final de «Juego de Tronos». Llegados a este punto, parece que el destino del Trono de Hierro ha perdido importancia y que, en realidad, lo único trascendental en la historia es saber quién salva al pueblo de aquellos que pretenden tomarlo con sangre y fuego. Solo quedan tres días para saberlo.Original Article


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